Mundo ficciónIniciar sesiónLos días siguientes fueron una verdadera tortura. No quería salir de mi habitación para nada; a duras penas probaba bocado cuando mi madre me insistía. Tuve que pedir una incapacidad en el trabajo porque sentía que la depresión me estaba consumiendo viva y no tenía fuerzas ni para levantarme de la cama. Mi madre no sabía qué más hacer; su preocupación por mi salud era constante. Para colmo, durante casi una semana no se habló de otra cosa en los canales de farándula de la televisión; la boda salía en todos lados.
Por eso no quería ni asomarme a la puerta. Sabía de sobra que las vecinas del barrio estaban pendientes de cualquier movimiento para sacar información y yo no iba a permitirme ser el blanco de sus críticas y chismes. Con el paso de las semanas, las cosas se calmaron un poco. Poco a poco fui recuperando el ritmo y la resignación empezó a instalarse en mi pecho. Me seguía doliendo, claro, pero ya no era ese sufrimiento agudo que no me dejaba respirar. Sin embargo, cuando creía que estaba empezando a salir del pozo, mi cuerpo comenzó a cambiar. Empecé a sentirme mal de la nada. Algunas comidas que antes me gustaban ahora me daban asco y unas náuseas matutinas insoportables me revolvían el estómago cada mañana. Mi madre, que ya se conocía todos esos síntomas por experiencia propia, empezó a mirarme de otra manera. Sus sospechas eran más que obvias. Un día, entró a mi habitación con paso lento. Traía en la mano una pequeña bolsa de plástico con el logotipo de la farmacia de la esquina. Su expresión era completamente seria, tensa. —Evelyn, te traje esto —dijo, extendiéndome la bolsa. La abrí con curiosidad y sentí que el aire se me congelaba en los pulmones. —¿Una prueba de embarazo, mamá? —la miré, buscando una pizca de duda en sus ojos. —Sí. Creo que debes hacértela ya mismo. —Mamá, por favor, no creo que esté embarazada. Eso es imposible —respondí de inmediato, intentando negar una realidad que me aterraba. —¿Y por qué crees que es imposible? —No me reproches nada ahora y haz lo que te digo. Acepté a regañadientes, sin querer discutir, y entré al baño. Al salir, con el aparatito de plástico entre los dedos, me senté en la orilla de la cama a esperar el tiempo. Fueron los minutos más largos de mi vida. Segundos después, la ventanilla del test mostró con total claridad dos rayas rosadas. Mi madre, que no me había quitado el ojo de encima, se llevó las manos a la boca y abrió los ojos de par en par, ahogando un grito. Yo tomé la prueba con manos temblorosas. Sentí exactamente cómo si me cayera un balde de agua helada por todo el cuerpo, paralizándome los sentidos. Me abracé a mis piernas y rompí a llorar con una desesperación nueva, más honda. —No puede ser... Mamá, ¿qué voy a hacer? ¡El padre de este niño está casado con otra! —exclamé entre sollozos, sintiendo que el mundo se me venía abajo otra vez. Mi madre no lo pensó dos veces. Se sentó a mi lado y me envolvió en un abrazo apretado, lleno de angustia pero también con fuerza. —No te preocupes, mi amor, saldremos de esta —me susurró al oído, acariciándome la espalda—. Nosotros somos tu familia y te vamos a respaldar en absolutamente todo lo que necesites. A ese niño no le va a faltar nada, te lo prometo. Ese mismo día, mi madre se encargó de hablar con mi padre. Desde la puerta de mi cuarto vi su cara de profunda tristeza. Él siempre había sido un hombre tradicional; su mayor ilusión era verme realizada, entrando a la iglesia con un vestido blanco y del brazo de un hombre que me respetara. Verme así, rota y en estas condiciones, lo golpeó duro. Me sentí terriblemente culpable en ese momento. Sentía que lo había decepcionado por completo, que su única hija ahora cargaría con el peso de ser madre soltera en una sociedad que no perdona. Los días siguieron su curso y tuve que regresar al trabajo. Entre la rutina diaria, las semanas volaron y mi panza comenzó a notarse bajo la ropa de oficina. El verdadero calvario empezaba al regresar al barrio. Cada tarde, cuando pasaba por la esquina donde siempre se reunía el grupo de vecinas, el ambiente se ponía tenso. Podía escuchar perfectamente sus murmullos despectivos, sus risitas tapándose la boca y las críticas hacia mí. Intentaba caminar con la frente en alto, pero sus miradas me clavaban espinas en la espalda. Una tarde, al regresar del trabajo, la escena en la cuadra me congeló la sangre. A mitad de la calle, vi a mi madre discutiendo acaloradamente con una de las vecinas más chismosas del sector. El tono de voz de ambas era alto y los vecinos ya empezaban a asomarse por las ventanas. Me acerqué a prisa y alcancé a escuchar las palabras exactas que la mujer le soltó a mi madre en la cara. Le había insinuado, con una sonrisa maliciosa, que yo era una cualquiera, que ahora me tocaría criar sola a mi hijo y que el bebé no era más que el bastardo de un hombre casado. Ver los ojos de mi madre llenos de rabia y lágrimas por defenderme fue la gota que derramó el vaso. Todo el dolor, la humillación que me tragué en la iglesia y la culpa que arrastraba desde hacía meses se transformaron en una furia ciega. Ya no iba a seguir agachando la cabeza. No lo pensé dos veces. Caminé a pasos firmes, me planté en medio de las dos y empujé suavemente a mi madre hacia atrás para quedar cara a cara con la vecina. La mujer se sorprendió al verme, pero intentó sostener la mirada con esa misma superioridad falsa de siempre. —A mí me puede decir lo que se le dé la gana —le dije, con una voz tan fría y firme que a mí misma me asombró—. Pero con mi madre no se vuelva a meter en su vida. Y grábese esto en la cabeza: mi hijo no es ningún bastardo. Es mi hijo, va a tener una familia que lo ama y a usted no le importa quién sea el padre ni lo que haga con mi vida. Mírese al espejo antes de andar juzgando a los demás. ¡Ya estuvo bueno de sus chismes! La vecina abrió la boca, indignada, intentando buscar un insulto para responder, pero la determinación y la rabia en mis ojos la hicieron dar un paso atrás. Las otras mujeres que miraban desde la esquina se quedaron calladas. Tomé a mi madre de la mano y nos metimos a la casa, tirando la puerta con fuerza. Me apoyé contra la pared, respirando agitada. El corazón me iba a mil por hora. Miré a mis padres, que me observaban mudos, y en ese mismo instante vi todo con total claridad. No quería esto para mí, pero sobre todo, no quería esto para el bebé que crecía dentro de mí. No pensaba criar a mi hijo en un ambiente lleno de veneno, donde cada esquina fuera un recordatorio de Sebastián y de la humillación que sufrí. —Me voy —solté, rompiendo el silencio de la sala. —¿A dónde, hija? —preguntó mi padre, asustado. —A la casa de la abuela, al pueblo. Mis padres se miraron entre sí. Era un lugar tranquilo; un pueblo con alma de ciudad pequeña, pero rodeado de verde, lejos del caos de la capital y, lo más importante, a salvo de las críticas y de la sombra de Sebastián. Al principio, mis padres intentaron convencerme de que me quedara, diciéndome que ellos me protegerían, pero después entendieron que no era un capricho. Necesitaba sanar de verdad. Dos semanas después, empaqué toda mi vida en un par de maletas y pedí la baja definitiva en mi trabajo. Mis padres me acompañaron a la estación de autobuses. La despedida dolió, pero esta vez no era un dolor de derrota. Era el dolor de dejar atrás una etapa para darle la bienvenida a otra. Cuando el autobús arrancó y la ciudad comenzó a quedar atrás por la ventana, sentí un alivio que no había experimentado en meses. Llegué al pueblo al caer la tarde. Mi abuela ya me esperaba en la puerta de su casa con una enorme sonrisa y los brazos abiertos. —Bienvenida a casa, mi niña. Sobre la mesa de la cocina había preparado mi pastel de manzana favorito. El dulce aroma a canela recién horneada se mezclaba con el olor de la madera antigua y de aquellos recuerdos felices de mi infancia que creía perdidos. Más tarde, me senté en una mecedora en el porche, acariciando mi panza mientras veía cómo el sol se ocultaba tras las montañas en una paz absoluta. Iba a ser difícil, claro que sí. Iba a criar a mi hijo sola y desde cero, pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que el futuro volvía a pertenecerme. Estaba lista para empezar de nuevo.






