Mundo ficciónIniciar sesiónCuando estaba a punto de cruzar la puerta, giré la cabeza por última vez. Quería ver la casa vacía antes de salir a la calle.
Pero me topé con algo que no me esperaba. Mi madre estaba a unos metros de mí, en el pasillo, vestida como si fuera a una fiesta importante. Llevaba un vestido elegante, tacones y unos lentes oscuros enormes que casi le tapaban la cara. El contraste era tan raro que, a pesar del nudo que tenía en la garganta y del dolor que me partía el alma, verla así logró sacarme una pequeña sonrisa. —Mamá... ¿A dónde vas? ¿Por qué estás vestida así? No me contestó de inmediato. Caminó hacia mí, abrió la puerta antes que yo y salió a la acera con los brazos cruzados. —Voy contigo —dijo sin mirarme, con los ojos fijos en la calle—. Y no acepto un "no" por respuesta, Evelyn. No te voy a dejar sola hoy. Tengo miedo de que hagas una locura. La miré de perfil unos segundos. Detrás de los lentes oscuros se notaba que había estado llorando. Intentaba hacerse la fuerte para protegerme, pero la voz le temblaba y delataba lo preocupada que estaba. Al final, el amor de una madre es así de terco. Solté un suspiro y me rendí. —Está bien, mamá. Vamos. En ese momento pasó un taxi vacío. Levanté la mano casi por inercia y el conductor se detuvo frente a nosotras. Nos subimos en silencio. —Señor, a la iglesia de La Inmaculada, por favor —le dije con la poca voz que me quedaba. El auto arrancó. Durante todo el trayecto, el ambiente dentro del taxi se volvió pesado. Ninguna de las dos se atrevía a hablar. Yo me pegué a la ventana, apoyando la frente fría contra el vidrio, viendo pasar los edificios sin prestarles atención. No quería pensar en nada, pero la cabeza me iba a mil por hora recordando a Sebastián, sus promesas, sus mentiras y todo lo que habíamos vivido. Unos veinte minutos después, el taxi empezó a avanzar muy lento hasta que se detuvo. El conductor se quejó; era imposible seguir. Nos habíamos quedado atrapadas varias calles antes de la iglesia. La avenida era un caos total de gente, vendedores y autos tocando la bocina. Al bajar del taxi, el ruido nos golpeó de frente. A lo lejos se escuchaba el murmullo de la multitud y el sonido de las cámaras de los periodistas. Todos se habían juntado para ver el espectáculo: lo que los medios llevaban semanas llamando «la boda del año». Nos metimos entre la gente, buscando un lugar apartado detrás de unas vallas, porque la seguridad no dejaba que nadie se acercara a las escalinatas de la entrada. Aun así, desde donde estábamos podíamos ver todo perfectamente. Había decenas de reporteros empujándose para conseguir el mejor ángulo, con las cámaras apuntando a la puerta, esperando a que salieran los novios. Los minutos se me hicieron eternos. Cada segundo ahí parada era una tortura. La misa tardó mucho más de lo normal. Ya empezaba a oscurecer y el cielo, que había estado despejado, se llenó de nubes grises que anunciaban una tormenta. El aire se volvió frío de golpe. De repente, en la entrada de las puertas de madera de la iglesia aparecieron ellos agarrados de la mano. —¡Vivan los novios! —gritó la gente entre aplausos y gritos. Ella se veía perfecta, como de revista. Llevaba un vestido de novia impresionante, lleno de encajes, con una cola larga y un velo que caía con mucha elegancia por las escaleras. Él vestía un traje impecable que le quedaba perfecto. Parecían sacados de un cuento de hadas. En cuanto lo vi, sentí un golpe físico en el pecho. El corazón se me rompió en mil pedazos. Ahí estaba él, sonriendo con felicidad, saludando a las cámaras mientras le apretaba la mano a otra mujer. A sus lados, sus padres los abrazaban orgullosos y los felicitaban. En sus caras solo había alegría. Por fin tenían lo que querían: la nuera perfecta, la que encajaba en su estatus social. Ese lugar tenía que ser mío. Yo era la que debía estar saliendo de esa iglesia de su mano. Nosotros habíamos construido ese futuro juntos desde cero. Pero me cambió. Me usó mientras le convino, me prometió el mundo a escondidas y, a la hora de la verdad, prefirió la comodidad de quedarse con ella. «Ahora sí están contentos», pensé con una amargura que me quemaba por dentro, mirando a mis exsuegros felices. Ya no pude aguantar más. Las lágrimas empezaron a salirme de los ojos, calientes y pesadas, nublándome la vista por completo. Ver mi propia destrucción frente a tanta gente era insoportable. No quise seguir mirando. No pude ver cómo se besaban para las fotos. Me di la vuelta y salí corriendo con todas mis fuerzas, dejando a mi madre atrás en una banca. Corrí sin rumbo, intentando escapar de esa imagen que me acababa de destrozar la vida. Crucé la avenida sin mirar, esquivando autos que tuvieron que frenar de golpe haciendo rechinar las llantas. Escuché los insultos de algunos conductores que me gritaban que estaba loca, pero no me importó lo más mínimo. Ya nada podía dolerme más. Seguí corriendo por las esquinas y entonces comenzó a llover. Al principio fueron unas gotas gruesas, pero en segundos se convirtió en un aguacero que me empapó la ropa y el cuerpo por completo. Llegué jadeando a un pequeño parque que estaba vacío. Ahí, las fuerzas se me terminaron. Las piernas me fallaron y caí de rodillas sobre el pasto húmedo. Todo el dolor y la humillación que había guardado durante meses estallaron. —¡¿Por qué?! —grité con todas mis fuerzas hacia el cielo, quedándome casi sin aire. Clavé las manos en la tierra, arrancando puñados de pasto con rabia, como si al hacer fuerza pudiera sacarme el dolor que sentía en el pecho. La lluvia caía con fuerza sobre mí. El barro me manchó toda la ropa, me arranqué la peluca mojada que se me había pegado en la cara y mis lágrimas se mezclaron con el agua fría que me corría por las mejillas. Pero la dignidad ya no me importaba. En ese momento, bajo la tormenta, sentía que no solo había perdido al hombre que amaba; sentía que me habían vaciado por completo, que ya no sabía ni quién era yo. Lloré y grité hasta que me quedé sin aire y el cuerpo me empezó a temblar del cansancio. Tenía la garganta destrozada, ronca, y ya no me quedaban más lágrimas. Me quedé ahí tirada en silencio, inmóvil en el barro, dejando que la lluvia me cayera encima. A los pocos minutos, escuché unos pasos que se acercaban chapoteando en los charcos. —¡Evelyn! —el grito de mi madre sonó a lo lejos, con angustia. Alcé la vista un poco. La vi correr hacia mí, con el vestido empapado por el agua, sin los tacones y con el pelo completamente empapado. Cuando llegó a mi lado, se tiró de rodillas en el barro conmigo y, sin decir una sola palabra, me dio un abrazo protector y desesperado. Y entonces, fue ella la que empezó a llorar conmigo, uniendo su llanto al mío bajo la lluvia. —Cariño... mi niña, ¿estás bien? —me preguntó llorando, mientras me quitaba los mechones de pelo mojado de la cara—. Vamos a casa... por favor, vámonos de aquí. No fui capaz de decirle nada. No tenía palabras. Solo apoyé la cabeza en su hombro empapado y cerré los ojos. Me sentía completamente vacía, como si el dolor se hubiera llevado todo lo que yo era. Mi madre me tomó de la mano con mucha delicadeza, como si fuera de cristal, y me ayudó a levantarme. Las piernas me temblaban tanto que casi no podía mantener el equilibrio. No quería volver a la realidad, no quería caminar, solo quería desaparecer. Pero al verle la cara, al ver lo asustada y preocupada que estaba por mí, no tuve el egoísmo de decirle que no. En un silencio total, apoyándome con fuerza en ella, empecé a caminar a su paso lento bajo la lluvia. Nos alejamos de ahí, dejando atrás la iglesia... y los pedazos de un corazón que sabía que nunca más iba a volver a estar completo. Cuando por fin abrimos la puerta de la casa, mi padre estaba allí, sentado en el sofá esperándonos. En cuanto nos vio entrar en ese estado, empapadas de pies a cabeza y con la ropa manchada de barro, se puso de pie de un salto. La expresión de su rostro pasó de la simple espera a una alarma absoluta. —¿Qué pasó? ¿Dónde estaban? Me tenían muy preocupado —dijo, acercándose a nosotras a toda prisa, con los ojos bien abiertos. Yo no tuve fuerzas para responderle. Ni siquiera pude mirarlo a la cara. Me solté de la mano de mi madre, esquivé su mirada y caminé directo hacia mi habitación, dejando un rastro de agua en el suelo. Cerré la puerta detrás de mí y me quedé a oscuras, dejándome caer de espaldas contra la madera. A través de las paredes, escuché el murmullo de la voz de mi madre. Le estaba contando todo. Me la imaginé en la sala, temblando de frío, explicándole paso a paso la humillación que habíamos visto en la iglesia. No tardó mucho en llegar la reacción. A lo lejos, la voz de mi padre se elevó, cargada de enojo. Un enojo que jamás había notado en él. —¡Le voy a romper la cara! —gritaba, furioso, haciendo retumbar las paredes—. ¡Voy a ir a buscar a Sebastián ahora mismo y me va a pagar esta humillación! ¡Nadie le hace esto a mi hija! El dolor de escuchar a mi padre así me encogió todavía más el estómago. Sabía que su furia venía del amor y de la impotencia de no haber podido protegerme. Sin embargo, la voz de mi madre volvió a intervenir. Habló con él durante varios minutos en un tono más bajo, pausado y firme. Conociéndola, se habría acercado a él, poniéndole una mano en el pecho para frenarlo. Poco a poco, logró calmarlo. Lo convenció de que Sebastián no merecía un segundo más de nuestro tiempo y que ir a buscarlo solo haría el escándalo más grande. No valía la pena. El silencio regresó a la casa, roto solo por el sonido de la lluvia que seguía golpeando la ventana de mi cuarto. Me quité la ropa empapada y me metí en la cama, y me tapé hasta la cabeza. Deseando no existir más.






