Mundo ficciónIniciar sesiónNos abrazamos durante largo rato, riendo y susurrándonos palabras de amor al oído. Entre besos tiernos y miradas que hablaban por sí solas, el mundo desapareció. Solo existíamos él y yo.
Aquella noche nos entregamos el uno al otro con la confianza y el amor que habíamos cultivado durante meses. Cada caricia, cada beso y cada abrazo hablaban de un futuro compartido, de sueños que comenzaban a tomar forma y de una promesa que iba mucho más allá de un anillo. Cuando el silencio volvió a llenar la habitación, permanecimos abrazados bajo la tenue luz de las velas. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero para nosotros el tiempo parecía haberse detenido. Sentía los latidos de su corazón junto al mío, y una paz inmensa me envolvía por completo. Sebastián acarició mi rostro con delicadeza. Sus dedos recorrieron mis mejillas mientras sus ojos no dejaban de contemplarme, como si quisiera grabar cada uno de mis rasgos en su memoria. —Te amo, Evelyn McKensy —murmuró con la voz quebrada por la emoción—. Eres lo más real, lo más hermoso que me ha sucedido en la vida. Sentí que el corazón se me desbordaba. Él sostuvo mi rostro entre sus manos y acarició lentamente mis pómulos con los pulgares. —He soñado con este momento desde la primera vez que te vi en aquella oficina del banco —confesó con una sonrisa llena de ternura—. Desde ese día supe que eras diferente. Intenté convencerme de que solo eras una mujer más, pero fue imposible. Poco a poco te convertiste en la razón por la que sonrío cada mañana. Sus palabras me hicieron contener las lágrimas. Aquel hombre, que frente al mundo era firme, reservado e implacable para cerrar negocios millonarios, ahora temblaba ligeramente mientras sostenía mi mano. En ese instante no era el poderoso empresario que todos conocían; era simplemente el hombre enamorado que había decidido entregarme por completo su corazón. Y yo supe, sin la menor duda, que también le había entregado el mío para siempre. Esa noche, cuando llegué a casa después de esa velada maravillosa, le conté sobre el compromiso a mi madre; ella me abrazó y se emocionó muchísimo, lloramos juntas. Mi padre también se alegró; desde el primer momento había notado que Sebastián era un buen hombre y que de verdad me amaba. Al día siguiente, Sebastián me llevó a la casa de sus padres para darles la noticia de nuestro compromiso. Su padre recibió la noticia con una cortesía reservada. No parecía muy convencido, pero al menos no puso objeciones. Su madre, Eleonor, fue otra cosa. Pude notar que su expresión cambió cuando Sebastián le contó, pero supo disimularlo con una sonrisa perfecta y unas palabras de bienvenida tan medidas y exageradas que la falsedad se notaba a leguas. Bastaba ver cómo me miraba para saber que yo no le agradaba en lo más mínimo. Desde el momento en que crucé la puerta, me sentí fuera de lugar. Durante el almuerzo apenas probé la comida. El ambiente en el comedor era tan denso que intentar sacar un tema de conversación costaba un trabajo enorme. —Y bien, ¿ya tienen fecha para la boda? —preguntó Eleonor, dejando con delicadeza la copa sobre la mesa. —Todavía no, pero queremos que sea en un mes —respondió Sebastián con tranquilidad. Ella arqueó una ceja. —¿Tan pronto? Sebastián buscó mi mano por debajo de la mesa, me apretó los dedos y me dio un beso suave en el dorso. —Sí, mamá. No quiero esperar más para casarme con Evelyn. Por un instante, pude notar que el rostro de Eleonor se tensó, pero mantuvo una sonrisa falsa. —Bueno, si eso es lo que quieres... No dijo nada más. El resto del tiempo, cada vez que me descuidaba, sentía sus ojos encima, recorriéndome la ropa, el pelo, como buscando el defecto que explicara qué le había visto su hijo a alguien como yo. La tarde transcurrió entre silencios incómodos y conversaciones superficiales. Sebastián y su padre pasaron una parte del tiempo hablando de negocios, inversiones y reuniones. Yo solo me quedé a un lado, fingiendo interés. El problema era cuando Sebastián se levantaba al baño o a contestar una llamada. Eleonor no perdía el tiempo. —¿Dónde estudiaste, Evelyn? —¿A qué se dedican tus padres? —¿Tienes familia en la ciudad? ¿Tus apellidos de dónde provienen? Las preguntas llegaban una tras otra, disfrazadas de curiosidad, aunque el verdadero propósito era evidente: ponerme a prueba. Los nervios me consumían por dentro, pero me negué a darle la satisfacción de verme insegura. Respondí con serenidad solo lo necesario, manteniendo la cabeza en alto y una sonrisa educada. Sinceramente, no tenía nada de qué avergonzarme. Cuando por fin nos despedimos, el señor Louis, el padre de Sebastián, me dio un apretón de manos formal y Eleonor solo hizo un gesto vago con la cabeza; ni siquiera quería tocar mi mano. Fue hasta que nos subimos al coche que pude soltar el aire. Me dolía la espalda por la tensión. Si iba a casarme con Sebastián, ya sabía perfectamente a lo que me enfrentaba. Sebastián me acompañó hasta la puerta de mi casa. Me tomó por la cintura, me dio un beso corto y apoyó su frente contra la mía. —Tengo que decirte algo —murmuró. La seriedad de su voz me puso nerviosa. —¿Qué ocurre? —Tengo que salir del país. Van a ser unos días caóticos. Mi abuelo se puso muy enfermo y mi papá quiere que viaje de inmediato. Además, coincide con el cierre de una negociación pesada con unos inversionistas. Prométeme que vas a confiar en mí. En cuanto ordene todo esto, vuelvo a tu lado. Lo miré con tristeza. Apenas acabábamos de comprometernos y ya tendría que marcharse. —Te voy a esperar —le dije, pasándole la mano por la mejilla—. Solo cuídate mucho. Él sonrió, me dio un último beso en la frente y se subió al automóvil. Permanecí en la acera observando cómo el vehículo desaparecía al final de la calle. Entré a la casa con una sensación incómoda, como un presentimiento, pero intenté convencerme de que serían solo un par de semanas. A la mañana siguiente regresé al banco. Sin embargo, apenas podía concentrarme. La felicidad que llevaba dentro me mantenía distraída y cualquier cosa me hacía pensar en Sebastián. De vez en cuando miraba la pantalla del celular con la esperanza de encontrar un mensaje suyo. Sabía que estaría en un avión o metido en juntas, pero me hacía falta; lo extrañaba mucho. Miré el reloj de la oficina, deseando que el tiempo pasara más rápido, sin tener idea de lo largo que se me terminaría siendo ese viaje y de lo que vendría después. Los días siguieron pasando y Sebastián dejó de contestarme. Cada vez que le mandaba un mensaje, me salía la misma respuesta automática: «Estoy ocupado, más tarde te llamo». Pero la llamada nunca llegaba. Me estaba volviendo loca. No era normal en él; Sebastián solía buscarme a cualquier hora. La preocupación comenzó a destrozarme los nervios. Llevábamos casi veinte días sin hablar, por lo menos algún mensaje corto de que me extrañaba o para preguntar cómo estaba. Al principio intenté convencerme de que era parte de su trabajo, que al ser empresario se la pasaba absorbido por los negocios. Por eso dejé de insistirle por un tiempo. No quería volverme la típica novia intensa que lo acosa por celos. Una tarde regresé a casa agotada después del trabajo. Mi mamá me estaba esperando sentada en la sala y, apenas crucé la puerta, le vi la cara desencajada. Dejé mi bolsa en una silla y me senté a su lado. Pensé que a lo mejor estaba angustiada por la cuenta que le debíamos a don Mauricio, el de la tienda de la esquina, o por el montón de costuras pendientes que se le estaban acumulando. —Mamá, ¿qué ocurre? No me contestó. Con la mirada abajo, estiró la mano y me dio una revista de farándula que la vecina le había llevado esa tarde. —Mira esto —susurró. Tomé la revista sin entender. Pasé las primeras páginas rápido, sin prestar atención, hasta que me congelé. Al principio no entendí qué estaba mirando. Hasta sonreí, pensando que era una foto vieja de algún evento de su empresa. Pero cuando me fijé bien, se me revolvió el estómago. La revista era de esa semana y él traía puesto el reloj que yo le había regalado en su cumpleaños. Era Sebastián. Sonreía frente a las cámaras, impecablemente vestido con un elegante esmoquin. Del brazo de una mujer hermosa y distinguida. Abajo de la foto decía: «Laura Smith y Sebastián Spencer». Y cruzando casi toda la hoja, un encabezado enorme anunciaba: «Próximamente: La boda del año. Dos poderosas familias sellan una alianza corporativa».






