Al día siguiente, Margarita trajo, como de costumbre, el desayuno para Celia. Al llegar a la clínica, reconoció el Rolls-Royce parado frente a la entrada. Un guardaespaldas le abrió la puerta y César salió del vehículo, abrochándose el saco.
—Buenos días, señor. —lo saludó Margarita con una leve inclinación.
La mirada de César se posó en el termo que llevaba.
—¿Desayuno para quién? —le preguntó el hombre
—Es... para la señorita. —respondió ella, algo avergonzada. Le había prometido no revelarle