César dejó de lado su orgullo y se disculpó con ella.
Celia se sorprendió. Cuando reaccionó, le dio un leve empujón en el pecho con el codo.
—Me siento mareada.
Él no la soltó. Sus ojos profundos la escudriñaron intensamente.
—Siempre buscas excusas cuando no quieres que te toque.
Celia se tensó sin razón aparente. Antes de que pudiera responder, César la levantó en brazos.
—¿¡Qué demonios haces!?
La acostó en la cama, y ella de inmediato se envolvió bien con la manta. César ya había anticipado