Celia y César regresaron a esperar. Se sentaron frente a frente sin que entre ellos dos mediara palabra alguna. Después de un largo silencio, él recostó su cuerpo en el respaldo de la silla y aflojó el cuello de su camisa:
—¿No tienes nada que decirme?
Celia lo miró.
—¿Qué quieres escuchar acaso?
Él pareció querer hablar, pero se contuvo. Quizás sabía que lo que ella dijera no sería nada bueno, así que no preguntó más.
Víctor regresó con algo de aturdimiento aún en su semblante, como si todavía