Sin creer en ninguna de sus palabras, Ben la observó con una mirada que rayaba el escrutinio. En el momento en que su dedo iba a marcar el número, Celiana se arrastró fuera de la cama y se arrodilló frente a él, suplicando:
—Por favor, ¡no llames a la policía! ¡Te juro que no te he mentido! No sabía que era venenosa, ¡pensé que era una serpiente normal!
Enzo cerró los ojos, conteniendo un suspiro. Tras un momento, le preguntó:
—¿Por qué lo hiciste?
—Es que… —La voz de Celiana temblaba entre soll