Celia parpadeó, confundida. Percibió con claridad el gran descontento que Teo sentía hacia ella. Justo cuando estaba a punto de decir algo, César abrió la puerta y entró, interviniendo con voz grave.
—Sí, ella es mi esposa. Señor Gómez, por favor, eduque bien a su hijo y haga que se aleje de la esposa ajena.
Al verlo, Teo no pudo evitar recordar a Víctor, y su expresión se ensombreció todavía más.
—Conozco bien a mi hijo. Creo que tú necesitas vigilar más a tu propia esposa.
—Papá, por favor, no