Celia retiró la mirada. Hizo como si no lo hubiera visto y pasó a su lado con total naturalidad.
César apretó con fuerza los labios. Extendió la mano y agarró su muñeca, luego la jaló hacia atrás. Por suerte, ella logró mantener el equilibrio después de ese tirón y evitó caer contra su pecho.
—¿Ahora en casa ni siquiera me saludas? —dijo él, descontento.
Celia quedó perpleja por unos segundos.
—César, ¿no tienes nada más que hacer? ¿Por qué dijiste esas palabras tan estúpidas?
Antes, cada vez q