—Señorita Sánchez, quiero cortejarte.
Alfredo estaba muy cerca de Celia. Su piel sin ningún tipo de imperfecciones era más suave y tersa que la de una mujer; sus ojos brillaban con vivacidad, su nariz era alta y recta, e incluso las líneas de sus labios eran atractivas.
Celia recordaba que, la primera vez que ella lo había visto, había creído que era un hombre apuesto. Sin embargo, en ese momento, su gusto se inclinaba cada vez más por los rasgos gallardos y esculpidos como los de César.
No obst