Al ver el intenso odio en sus ojos, César sintió un nudo en su pecho que le bloqueaba casi todo el aire, causándole una opresión difícil de sobrellevar. Luego de unos minutos de silencio, la fuerza con la que sujetaba su muñeca finalmente se aflojó.
—Lo siento mucho. No sabía que la ambulancia llegaría tarde.
Resultaba que el señor César Herrera, siempre tan altivo, también sabía cómo explicar sus acciones y disculparse… Pero ya era demasiado tarde.
Los ojos de Celia estaban aterradoramente rojo