Andrés no respondió a su petición. Como él no decía nada, el conductor, por supuesto, no seguiría las indicaciones de Sonia.
Sonia apretó aún más fuerte sus manos. Sabía que Andrés no le importaba, que en sus ojos probablemente nunca había tenido dignidad, pero en ese momento, lo único que no quería era mostrarle su miseria. Le daba igual que la despreciara, se burlara o la aborreciera, solo quería conservar un ápice de dignidad: bajarse del auto con compostura.
Sin embargo, parecía que ni siqui