Sonia estaba en la espalda de Andrés, pero apenas se cerraron las puertas del ascensor, dijo:
—Ya puedes bajarme.
Su voz era serena, ¿dónde había quedado ese tono mimado de cuando se quejaba del dolor en el pie?
Andrés ya se había dado cuenta de que estaba fingiendo.
Pero no la desenmascaró, incluso siguió el guion que ella le había dado.
Cuando Sonia habló, él siguió sin intención de soltarla.
Después de esperar un momento, ella se impacientó:
—Andrés, suéltame.
—¿No te dolía el pie? —respondió