Ana se aferraba delicadamente al brazo de Andrés, ambos vestidos en distintos tonos de azul que los hacían lucir como la pareja perfecta. En ese momento, Sonia no solo sintió que le habían arrancado el velo de su vida, sino que también le habían propinado una bofetada directa —y el responsable no era otro que su propio esposo.
Un sabor amargo invadió su boca, tan intenso que ni siquiera todos los pasteles del mundo podrían haberlo disimulado. Sin decir palabra a Santiago, dejó silenciosamente el