Mientras hablaba, Ana deslizó los tirantes de su vestido, dejando entrever su piel blanca bajo la tenue luz. Andrés apenas le dedicó una mirada antes de decir con voz gélida: —Creí que había sido bastante claro aquella vez en la casa de los Campos.
Ana se detuvo en seco, recordando inevitablemente aquel beso rechazado en la entrada de la casa de los Campos. Sin embargo, esta vez se abalanzó sobre él sin reparos, abrazándolo con fuerza.
—Andrés, de verdad te quiero muchísimo. No me importa no t