Alexander Lee
Estaba demasiado cansado; el agotamiento no era solo físico, era una fatiga del alma. Estaba tan sumido en el vórtice de lo que sucedía con Aimunan que el resto del mundo se había vuelto un ruido blanco. Ni siquiera estuve pendiente del teléfono. Todo mi equipaje se había quedado en el campamento y, sinceramente, mi aspecto era un desastre: ropa arrugada, manchas de barro y el olor a selva pegado a la piel. No me sorprendía que la madre de Munan me hubiera mirado con ese desprecio