Aimunan
El coche avanzaba lentamente, dejando atrás el asfalto y el control de la ciudad. El aire en el habitáculo era denso, cargado con las preguntas que Trina apenas podía contener. Su mano aún sujetaba la mía, pero ahora no era por consuelo, sino por miedo y desconcierto.
Habíamos cruzado el Puente sobre el Guri, esa cicatriz de cemento sobre la inmensidad del agua, y yo sabía que el momento de la verdad había llegado.
—Munan, no me mires así —dijo Trina, con la voz entrecortada—. T