Alexander Lee
Si hay algo que detesto de las mujeres coreanas de mi círculo es su fijación patológica hacia los hombres que no las aceptan. Esa mezcla de orgullo herido y ambición que las vuelve peligrosas.
Frente a mí, en el pasillo de mármol, La señorita Gung intentaba recuperar su compostura. El olor a su perfume costoso me resultaba asfixiante.
—Señorita, ¿en qué le beneficia a usted este matrimonio exactamente? —pregunté, mi voz cortando el aire como un bisturí.
—Nuestra alianza