69. Puntos sobre las íes
Branca
Comía despacio.
No porque tuviera hambre, sino porque necesitaba mantener las manos ocupadas. Un trozo pequeño de fruta, una masticación demasiado larga, el vaso de jugo apoyado con cuidado en la bandeja. Todo para no explotar.
Mi madre hablaba, hablaba y hablaba. No paraba de quejarse de Cássio, de su postura. Del beso. De la osadía. De cómo «ningún hombre tenía derecho a imponerse de esa manera». De cómo se estaba aprovechando de mi fragilidad. De cómo todo aquello solo era para repara