116. Viaje
André
Todavía estaba cabreado. No del tipo explosivo, de esos que golpean paredes o gritan hasta que la voz falla. No, el mío era peor: un odio silencioso, meticuloso, como un reloj que tic-tac sin parar, marcando cada segundo de frustración acumulada. Era el tipo de rabia que te hace parecer en control absoluto de todo, menos de ti mismo. Y, últimamente, eso estaba ocurriendo con demasiada frecuencia.
Estaba en el despacho, mirando la pantalla del ordenador como si ella fuera la culpable de to