El sol de Dubái, implacable y ciego, caía sobre ellos como una capa de plomo líquido, pero ninguno de los dos parecía sentir el calor físico. La verdadera temperatura la dictaba la estática que vibraba entre Aleksei y Valentina, una corriente eléctrica que hacía que el aire picara en la piel. Aleksei permanecía de pie, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se dibujaban como cuerdas de piano. Su camisa blanca, impecable y de una seda que costaba más que la maquinaria que Val
Malv14
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