El silencio que siguió a la acusación de Valentina fue tan denso que pareció absorber incluso el murmullo de las olas rompiendo contra la escollera de la mansión. Bajo la sombra de la palmera datilera, el aire matutino se volvió repentinamente irrespirable. Aleksei Volkov, el hombre cuya mente procesaba fusiones corporativas en fracciones de segundo, se quedó completamente paralizado. Sus labios se separaron levemente, y el azul siberiano de sus ojos reflejó un dolor tan crudo, tan devastadoram