Aleksei Volkov no cree en los milagros, pero cree ciegamente en la precisión. Tras la salida de Valentina de la sala de juntas, el aire de la oficina parece haber recuperado su temperatura glacial, pero los planos que ella dejó proyectados siguen quemando en su retina. A las diez de la mañana, la sala de conferencias técnica se llena de hombres con rostros curtidos y voces graves. Aleksei preside la mesa, observando a su equipo de ingenieros jefe. Entre ellos, dos expertos árabes de larga trayectoria, conocidos por su conservadurismo arquitectónico, examinan los renderizados de Valentina con lupas digitales. —Es... inusual —murmura Omar, el ingeniero senior, ajustándose sus gafas—. Diseñar una estructura que respira en lugar de una que simplemente resiste el calor. Tradicionalmente, nos aislamos del desierto. Esta mujer, esta arquitecta Reyes, propone integrarlo. —Técnicamente, los cálculos de carga para los jardines suspendidos son impecables —admite otro técnico, con un tono de s
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