Abrí la puerta de entrada mientras sostenía a Dante en brazos. Mi pobre hijo estaba con fiebre y no podía hacerla bajar pese a todos los baños fríos que le había dado. Del otro lado estaban Gaeil y Helena.
—Hola, cuñadita —saludó mi cuñado con una sonrisa.
—¡Gaeil, Helena! Pasen, por favor —exclamé mientras me hacía a un lado. Los niños al escuchar la voz de su padrino bajaron corriendo las escaleras, algo que no me gustaba que hagan.
—¡Tíooooo! —gritaron mientras se prendían a las piernas de G