El taxi frenó con un chirrido que cortó la tranquilidad de la calle.
Ni siquiera esperé a que se detuviera por completo. Abrí la puerta, dejando atrás mis maletas, y salí disparada como alma que lleva el diablo.
Por favor, que no haya comido... Por favor, que no haya comido... Por favor...
—¡Señorita, su cambio! —me gritó el taxista a mis espaldas.
Pero sus palabras se perdieron en el viento.
Mi mundo se había reducido a la puerta de madera tallada de La Giralda. Empujé con una fuerza