—No llegamos ni a probar bien la comida —suspiré, dirigiéndome hacia la cocina, mi estómago protestaba por la falta de alimentos—. Voy a buscar algo para comer. ¿Quieres?
Kilian, quien se estaba quitando la chaqueta, me miró con una ceja arqueada.
Una sonrisa diminuta se dibujó en su rostro.
—¿Cocinarás para mí, krasavitsa? —me preguntó, con un dejo de curiosidad genuina.
Habíamos llegado hace un par de minutos a la mansión y las cosas ya estaban bastante tranquilas entre los dos.
—No