Corazón Dividido: ¡Me Vengaré, Kilian Volkov!
Corazón Dividido: ¡Me Vengaré, Kilian Volkov!
Por: K.Y Books
Capítulo 1 — Nueva York…

Nueva York... ¡Dios, cómo amo esta maldita y ruidosa ciudad!

Cada día era una nueva aventura en mi vida como veterinaria, fiestera y amante del sexo... Y, hablando de eso, esta noche no sería la excepción.

Mi habitación entera olía a sexo, un aroma que me encendía todos los sentidos.

Tenía a Mark, un tipo musculoso que conocí la semana pasada en una fiesta, debajo de mí, completamente a mi merced.

Regalándome lo que más me gustaba; poder en la cama.

—Dime quién es la que manda —le exigí, clavando mis uñas en sus pectorales mientras mis caderas chocaban contra las suyas con un ritmo salvaje.

—Tú... Tú mandas, Nadia... ¡Siempre! —jadeó él, con los ojos oscurecidos por el placer.

Una sonrisa llena de satisfacción se formó en mis labios.

Amaba este juego.

Sentir el poder correr por mis venas, correrme sabiendo que él hacía exactamente lo que quería.

Me incliné hacia adelante y acerqué mis labios a su oído.

—Eso es, cariño... —detuve mis movimientos y me bajé de encima—. Y ahora voy a venirme en esa boca que sabes usar tan bien.

Él simplemente asintió, hipnotizado con mis palabras. Lo tomé del cabello y lo llevé hacia el medio de mis piernas.

Él no puso resistencia.

Sus manos se aferraron a mis muslos mientras su boca encontraba mi clítoris.

Dios... ¡Sí!

Un gemido se escapó de mi garganta sin ningún tipo de pudor cuando su lengua comenzó a trazar círculos perfectos sobre mi sexo húmedo y necesitado.

Mis dedos jamás abandonaron su cabello y lo jalaron con fuerza, empujando su cara contra mí para sentir más fricción.

—Así, no pares... Mmm... —gemí, arqueando la espalda. Cerré los ojos y disfruté de las maravillas que hacía su lengua.

El sonido del teléfono resonó por toda la habitación. Su ruido molesto sonó una vez, luego dos y después tres...

¿Quién m****a es?

Nada iba a interrumpir mi orgasmo... Primero mi placer y luego el mundo exterior.

—Ignóralo —le ordené a Mark cuando vi que tuvo la intención de apartarse, pero yo lo mantuve en su lugar, presionando su cara contra mí un poco más.

Sentí cómo mi cuerpo se tensó cuando él se esforzó más en su tarea. El calor comenzó a acumularse en mi vientre.

—Estoy cerca... No te detengas.

Mark entendió a la perfección lo que necesitaba, alternando entre succiones suaves y lengüetazos rápidos.

Después de un rato, no pude aguantar más. Exploté en un orgasmo que me hizo gritar y temblar sin control en su boca.

Era de los mejores en sexo oral.

Pero la noche estaba lejos de terminarse, al menos no para mí.

Me incorporé nuevamente y me subí encima, posicionándome sobre su miembro erecto, necesitado y perfectamente protegido con un condón.

Sin esperar, me dejé caer sobre él, llenándome lentamente hasta llegar al tope.

Un jadeo escapó de la boca de ambos.

—Ahora juguemos con este amiguito... —sonreí, dichosa, y comencé a cabalgarlo con un ritmo frenético, pero completamente delicioso.

Mis senos saltaban sin control con cada embestida. Las manos de Mark recorrían todo mi cuerpo, pellizcando mis pezones endurecidos y amasando a su antojo.

Varios sonidos guturales se le escaparon de la garganta; sus manos terminaron agarrando mis caderas después de un rato, tratando de imponer su propio ritmo.

Pero yo no se lo permití.

Hoy se trataba de mí, no de él.

—Te dije que yo mando, Mark... No hagas que esta sea la última vez —respiré con dificultad, sudando como nunca y moviéndome sobre él cada vez más rápido.

Sentí cómo se tensó. Al igual que yo, estaba a punto de llegar, así que me esmeré con mis cabalgadas y me incliné para poder besarlo.

Y, finalmente, después de un par de embestidas de su parte, ambos nos corrimos.

Primero yo y luego él, convulsionando juntos por la explosión sexual que acabábamos de tener.

Salió de mí poco después, con esa sonrisa cansada y satisfecha que tantos hombres me habían dedicado.

Se quitó el condón y yo me quedé en la cama, disfrutando del último gramo de placer que recorría mi cuerpo.

Fue genial, pero ya es hora de volver a la realidad.

—Tienes que irte, Mark.

—¿Tan pronto? Pensé que esta vez...

—Conoces las reglas, bonito —sonreí y lo empujé fuera de la cama con un pie—. Solo es sexo casual... No te encariñes o esto terminará.

El hombre suspiró, pero comenzó a vestirse.

—Eres cruel, Vega... Pero jodidamente caliente. Esperaré tu mensaje. Adiós.

—Adiós.

Justo después de que Mark se fue, el teléfono volvió a sonar y, esta vez, algo en mi instinto me dijo que lo atendiera.

Más vale que sea algo importante.

Fruncí el ceño al ver el nombre de Dani en la pantalla.

Él nunca llamaba tan tarde.

Respondí de golpe y lo primero que escuché al otro lado fue un largo sollozo. De inmediato pensé lo peor.

—Nadia... —tragó saliva y luego se le cortó la voz—. Mataron a Elena.

¿Qué?

Sentí que el tiempo comenzó a correr más lento. La relajación que me había dejado mi sesión de sexo había abandonado mi cuerpo por completo.

—¿Qué dices? Dani, ¿de qué estás hablando?

—Mataron a Elena... Y fue él —su voz se quebró una vez más—. Kilian Volkov la mató. La encontraron en la iglesia... colgada. ¡Colgada, Nadia!

Dios...

Sentí cómo mi estómago se revolvió al escuchar todo lo que había pasado.

Kilian Volkov.

Ese nombre me era vagamente familiar, más que todo por las conversaciones con Daniel, las cuales siempre mencionaba en voz baja.

Lleno de miedo.

—Dani, yo... No sé qué decir.

—Tienes que venir, hermana —me suplicó Daniel, y aunque yo no quería, el tono de su voz me partió el alma—. No puedo hacer esto solo... Despedirme de ella...

No podía negarme aunque quisiera.

—Vale, hermano... Mañana estaré en el pueblo apenas consiga un vuelo. No te abandonaré.

Cuando finalicé la llamada, me acosté de golpe en la cama y respiré profundo.

Volver a Haven Falls... Dios, Dani... ¿Por qué me haces ir a ese maldito infierno?

Me fui de allí para comenzar de cero y olvidarme de toda mi vida en ese maldito pueblo, y ahora me haces volver.

Ahora, mi libertad, mi vida en Nueva York y mi vida en general parecían desvanecerse frente a la cruda realidad de volver al pueblo donde nací y fui criada por mis padres.

Mis malditos, religiosos y abusivos padres.

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