Capítulo 2 — ¿En serio te vas?

Mientras empacaba, sentía que estaba a punto de pasar una terrible temporada en prisión.

Odiaba tener que regresar a Haven Falls, pero por Dani era capaz de hacer cualquier cosa.

Él siempre había sido mi gran apoyo.

Me aseguré de meter todo lo necesario en la maleta; jeans ajustados, tops con hermosos pero reveladores escotes, mi mejor lencería y algunos tacones, todo lo que mis padres odiaban de mí.

Por un segundo pensé en meter algún vestido recatado solo para ver a mis padres después de tantos años, pero se sentía como una traición a mis principios.

Llevaba años siendo libre; por nada del mundo dejaría que me encerraran en su asqueroso mundo de fanaticada religiosa.

No me malinterpreten, no es que odie a Dios; al contrario, siempre trato de mantenerlo presente, a pesar de todo lo que viví por los excesos de mi familia.

No era sano vivir con ellos.

Nunca lo fue.

El timbre de la puerta me sacó de mis pensamientos y solté un largo suspiro.

Me levanté a paso pesado y abrí la puerta, solo para verla entrar como un remolino de energía pura. Con su pelo rojo corto y sus pecas disimuladas, me sonrió, pero se detuvo en seco al ver la maleta abierta.

Era Sasha, mi mejor amiga desde la facultad de Veterinaria.

Hora del sermón, Vega.

—¿En serio te vas? —me preguntó, con un gesto de fastidio.

—Solo por unos días, y ya quita esa cara... —la regañé, y ella giró los ojos—. Sabes que tengo que hacerlo. Es Dani. Está destrozado.

Suspiré y caminé hacia la maleta para poder cerrarla.

—Lo sé, lo sé, y lo siento mucho por él, de verdad —Sasha se acercó y se sentó en la cama, llamándome para que me sentara a su lado—. Pero, Nadia... ¿estás lista para volver a ese lugar? Después de todo lo que te costó salir de ahí... Todavía recuerdo cuando llegaste a la gran ciudad, golpeada y asustada. No quiero que vuelva a pasar.

Ah, sí, eso... Papá nunca tomó bien mi vida libertina, y todo terminó de irse al carajo cuando les dije que me mudaría a Nueva York a estudiar Medicina Veterinaria.

Según él, aquellos no fueron golpes para maltratarme, sino para hacerme recapacitar de que el camino del Señor era lo mejor para mí.

El camino del Señor me fracturó un dedo, pero eso no me detuvo.

—No me va a pasar nada, amiga. —Suspiré, dejándome caer junto a ella—. No lo dejaré solo y tampoco dejaré que mis padres me manipulen; ya no tengo 18 años.

—Ya lo sé, pero... ¿estás segura? —Su mano encontró la mía y la apretó en un gesto de apoyo—. Ese lugar te hizo trizas, Nadia. Temo que vuelvas y... no sé, que de alguna manera te hagan daño. Que vuelvas a ser la niña asustadiza que se escondía para que no la regañaran por enseñar demasiado tobillo.

También recuerdo eso.

Adaptarme a Nueva York no fue tan fácil debido a mis traumas.

Una sonrisa apareció en mis labios.

Solo Sasha podía sacarme una sonrisa en un momento así.

—No te preocupes. Esa niña se murió hace mucho... Volveré siendo la misma.

—¿Segura? —preguntó Sasha, y de pronto su tono de voz bajó a uno más sensual—. Porque he estado pensando... En ese pueblo lleno de santurrones, probablemente ni siquiera podrás tocarte sola sin que alguien te lance un rosario bañado en agua bendita. Se me ocurre que tal vez necesites... una despedida apropiada. Algo para recordarte a la verdadera tú durante tu encierro puritano.

Oh, sí. Estas conversaciones sí que me gustan.

Su mirada era un desafío caliente y mi cuerpo lo sabía.

Sasha y yo teníamos una amistad... con beneficios placenteros muy ocasionales. Era divertido, seguro y sin complicaciones.

Prefería a los hombres, sí, pero no era ciega ante el atractivo de una mujer hermosa, y Sasha lo era.

Y muy ardiente y activa también.

—¿Ah, sí? ¿Y qué tienes en mente? —le pregunté con el mismo tono sugerente que ella había usado.

Su mano se liberó de la mía y se deslizó hacia mi muslo, su palma caliente a través de la tela de mis pantalones cortos.

Oh, sí. Diversión antes de mi encierro momentáneo.

—Solo quiero asegurarme de que mi mejor amiga no olvide lo bueno que es tener sexo —murmuró, inclinándose hasta que su aliento rozó mi cuello—. Imagínate que regreses diciendo que te convertirás en monja.

Me reí mientras su boca se posó en mi clavícula y un suspiro se escapó de mis labios. Mi mano se enredó en su cabello rojizo, tirando suavemente para guiar sus labios hacia los míos.

Nos besamos con lentitud y luego con desesperación. Un intercambio de lenguas y dientes que solo nos encendió más.

Mis dedos se encontraron con el borde de su blusa y se deslizaron por debajo, recorriendo la curva de su espalda. Ella gimió contra mi boca, sus propias manos bajando para agarrar mis nalgas a través de la tela, apretando con fuerza.

Dios, ¿por qué esta mujer es tan ardiente?

—Vas a extrañar esto, Nadia... Así que no te conviertas en monja o te mataré —jadeó, rompiendo el beso para mordisquear mi lóbulo.

Volví a reírme y cerré los ojos, disfrutando de la sensación.

—Voy a extrañarte a ti... Además, si me convierto en monja... ¿No crees que sería más excitante que me follaras usando un hábito? —Ella arqueó una ceja y sonrió de acuerdo con mi propuesta.

Mis manos se deslizaron entre sus muslos, presionando la tela de su falda larga contra su centro húmedo.

Ella se arqueó ante mi toque, un sonido ahogado salió de su garganta y yo la seguí por instinto.

Nos quedamos así por un largo rato, con las respiraciones agitadas, con mis dedos trazando círculos firmes en su interior a través de la ropa.

Y después nos detuvimos. No había tiempo para más; era el clímax perfecto para nuestra despedida.

Un momento íntimo que llevaríamos al límite el día de mi regreso.

Sasha me miró fijo. Sus labios estaban hinchados y sus ojos brillaban por el deseo.

—Eso —murmuró, para luego darme otro pico en los labios— es para que no olvides quién eres. La mujer que pone las reglas en el sexo. Asegúrate de hacerlo allá también, ¿vale?

Sus palabras clavaron profundo en mí y aproveché para abrazarla, aún con el corazón acelerado.

Tenía razón.

No importaba a dónde fuera, mi fuerza era mía. Tenía control sobre mí misma.

Regresaría a mi infierno personal a apoyar a mi hermano, sí. Pero no permitiría que ese pueblo, ni sus fantasmas, ni siquiera el siniestro y peligroso Kilian Volkov, me encadenaran.

—Estaré bien, Sash. Te lo prometo. Nadie arruinará a esta Nadia. Soy invencible.

—Esa es mi chica.

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