La limusina se deslizaba por la autopista hacia Nueva Jersey con una suavidad que resultaba casi insultante. Afuera, la tormenta de nieve azotaba el mundo, convirtiendo el paisaje en un borrón de blancos y grises violentos. Adentro, el silencio era absoluto, roto solo por el sonido del hielo golpeando el cristal blindado.
Ethan sostenía el vaso vacío entre las manos, mirando el líquido ámbar residual en el fondo. El calor del alcohol empezaba a disiparse, dejando paso a una claridad fría y dolorosa.
Acababa de vender su vida. Acababa de aceptar desaparecer.
Cerró los ojos y, por un segundo, el olor a cuero del auto fue reemplazado por el recuerdo del perfume de Luciana. Vainilla y algo cítrico. Recordó el peso exacto de su cuerpo dormido sobre él, la forma en que ella buscaba su cuello cuando el frío la despertaba en la madrugada, como si él fuera su ancla en el mundo.
Mañana despertará buscando esa ancla, pensó Ethan, y sintió como si alguien le estuviera arrancando las costillas una