Hong Kong tenía una forma distinta de medir el tiempo.
No por el reloj. Por la altura. Por la humedad que parecía quedarse adherida al vidrio, a los pasamanos del tranvía, a las mangas de los abrigos. Por las noches que no caían del todo, sino que se encendían. Por la manera en que la ciudad obligaba a moverse hacia arriba y hacia adelante al mismo tiempo, como si quedarse quieta más de lo necesario fuera una falta leve de disciplina.
Kate aprendió rápido.
No porque quisiera. Porque Hong Kong n