Helena Van der Berg llegaba temprano y se iba puntual.
No por rigidez. Por criterio.
A las ocho y diez ya estaba en su despacho del consulado holandés, con el ordenador encendido, una taza de té a la izquierda del teclado y el primer correo serio respondido antes de que la mayoría hubiera terminado de ajustar la bufanda al cruzar la puerta. A las seis menos cinco empezaba a cerrar documentos, a ordenar la mesa y a volver a guardar el bolígrafo en el mismo cajón. Si una reunión se alargaba sin r