Casi una hora después ella había dejado de llorar, parecía encontrarse demasiado débil para impedir que limpiase sus lágrimas y la acostase en la cama.
Descansa – rogué, apenado, mientras tapaba su cuerpo con una fina colcha, sin dejar de mirarla.
Me levanté de la cama y acaricié con la yema de sus dedos s