Era el quinto día en el Hospital Mercy. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces recorrí los pasillos de este lugar, de cuántas tazas de café de la máquina de la planta baja había tomado, de cuántas veces me desperté a las cinco de la mañana para llegar temprano y quedarme con Christian.
Mi rutina se había vuelto rígida: despertar, combatir la náusea matutina con las galletas que Anne había comprado especialmente para eso, ducharme rápidamente, y correr al hospital para llegar antes de que l