La mano de Velik se sentía como un grillete de hierro sobre su muñeca. Ariadna sintió una oleada de calor subirle por el cuello, una mezcla de indignación y asco que le dio la fuerza necesaria para reaccionar. Con un movimiento brusco y cargado de rabia, tiró de su brazo hacia atrás, logrando zafarse del agarre.
—¡Suéltame de una maldita vez! —le gritó, con la respiración entrecortada—. ¡Déjame en paz, Velik! ¿Es que no te bastó con lo de la última vez? La última vez que estuve cerca de ti term