Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión Lawrence se alzaba en el Upper East Side como un monumento al dinero viejo, ese que no necesita ostentación porque su sola existencia es ya una declaración de poder.
Darien cruzó el umbral con la mandíbula tensa y el corazón en un puño. Sabía lo que venía. Llevaba semanas sabiéndolo, aplazándolo, escondiéndose en mensajes a una chica de Brooklyn que le devolvía la humanidad. Pero ya no podía esconderse más. —Señor Darien —dijo el mayordomo, un hombre mayor con el pelo plateado y la espalda recta—. Su madre le espera en el salón azul. El salón azul. Siempre el salón azul para las malas noticias. Para las conversaciones que parecían negociaciones y eran, en realidad, sentencias. Darien asintió y atravesó el vestíbulo de mármol, sus pasos resonando en el silencio. Cuadros de antepasados Lawrence lo miraban desde las paredes, una galería de hombres y mujeres con la misma mirada dura, el mismo aire de propiedad sobre el mundo. Todos ellos habían dirigido el imperio familiar. Todos ellos habían tenido hijos que continuaran el legado. Y él, a los veintinueve años, seguía soltero. Victoria Lawrence estaba de espaldas cuando él entró, mirando por los ventanales que daban a Central Park. Vestía de gris perla, impecable, el pelo recogido en un moño que no dejaba escapar ni un cabello. Cuando se giró, sus ojos, del mismo azul que los de Darien, lo evaluaron en una fracción de segundo. —Siéntate. —Prefiero estar de pie. —Como quieras. —Ella se sentó en un sillón Luis XV, cruzando las piernas con la elegancia de quien ha hecho ese gesto miles de veces—. Hablemos claro, Darien. No tengo tiempo para rodeos. —Nunca lo tienes. Victoria ignoró el comentario. Sacó una carpeta de la mesita auxiliar y la abrió sobre sus rodillas. —El consejo se reúne en un mes. En esa reunión se decidirá la dirección del nuevo proyecto hotelero. Tú sabes, y yo sé, que ese proyecto es tuyo. Lo has diseñado, lo has soñado, has trabajado en él durante tres años, pero el consejo no vota por sueños. Vota por estabilidad. —Mi trabajo habla por sí solo. Los restaurantes han crecido un veinte por ciento desde que tomé las riendas operativas. —Lo sé, y lo valoran. Pero también valoran otras cosas. Cosas que tú no les das. Darien apretó la mandíbula. Conocía ese discurso. Lo había oído en cenas familiares, en reuniones de accionistas, en los susurros de los primos que esperaban su momento. —Habla claro, madre. —Muy bien. —Victoria cerró la carpeta y lo miró directamente—. Tu primo Alexander está listo. Tiene treinta y dos años, una esposa encantadora de buena familia, y dos hijos. El consejo lo ve como un hombre estable, un hombre de familia, alguien en quien confiar el futuro del imperio. A ti te ven como... —hizo una pausa—. Como un soltero empedernido que prefiere sus discos de jazz a las obligaciones sociales. —Eso es ridículo. Mi vida personal no afecta mi capacidad para dirigir una empresa. —¿No? —Victoria se levantó, acercándose a él—. Cuando conociste a los inversores japoneses, ¿qué hiciste? Te fuiste a tomar algo con ellos y acabaste en un club de jazz de Harlem. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no se comenta? Eres impredecible, Darien, y el dinero odia la impredecibilidad. —Los inversores japoneses adoran el jazz. Cerraron el trato. —A pesar de ti, no gracias a ti. —Victoria dio unos pasos, su perfume caro dejando un rastro en el aire—. Escúchame. No digo esto para herirte. Digo esto porque quiero que tú lideres el proyecto. Porque eres mi hijo y eres el más talentoso de todos, pero el talento no basta. Necesitas darles lo que quieren. —¿Y qué quieren? —Una familia. Una esposa. Alguien que les demuestre que eres un hombre serio, con raíces, con compromisos. No un bohemio que se escapa de las fiestas para hablar con desconocidas en los jardines. Darien sintió un vuelco. La mención del jardín. La fiesta de los Hamptons. ¿Sabía lo de Ivy? No, no podía, pero la casualidad era demasiado precisa. —No tengo pareja —dijo, manteniendo la voz firme— y no voy a inventármela para contentar a un consejo de viejos. —No te pido que te la inventes. Te pido que la encuentres. —Victoria se acercó aún más, bajando la voz—. Tienes un mes, Darien. Un mes para presentarte en esa reunión con una prometida. Una mujer adecuada, de buena familia, que pueda ponerse un anillo en el dedo y sonreír para las fotos. Si no lo haces, Alexander tomará las riendas del proyecto hotelero,y sabes tan bien como yo que lo convertirá en otro complejo turístico vulgar, sin alma, sin la visión que tú tienes. —¿Y si no me importa? —Te importa. Te importa más que nada. He visto cómo dibujabas planos de hoteles desde niño, cómo soñabas con crear algo propio. No me mientas. Darien la miró. Su madre, la mujer que lo había criado sola desde que su padre murió, que había luchado contra todos para mantener el apellido Lawrence en la cima. La respetaba. Incluso la quería, a su manera, pero en este momento, la odiaba un poco. —Un mes —repitió Victoria—. Treinta días. Luego, el proyecto será de Alexander o tuyo. Depende de ti. Salió del salón azul sin esperar respuesta, sus tacones marcando el ritmo en el mármol. Darien se quedó solo, mirando por el ventanal, el parque extendiéndose bajo el cielo gris. Un mes. Treinta días para encontrar a alguien con quien compartir su vida. No de verdad, claro. Su madre no pedía amor. Pedía un escaparate. Una mujer bonita, bien hablada, con el árbol genealógico adecuado, que pudiera ponerse un vestido blanco y fingir durante el tiempo suficiente. Sintió náuseas. Salió de la mansión sin despedirse, sin hablar con nadie. El coche lo esperaba, pero no subió. Caminó por las calles del Upper East Side, entre las tiendas de lujo y las madres con carritos de mil dólares, sintiéndose más solo que nunca. El teléfono vibró en su bolsillo. Ivy. Ivy: ¿Cómo fue la reunión con tu madre? Me dijiste que tenías una. No le había contado detalles. Solo que vería a su madre, que era importante. Pero ella recordaba. Ella preguntaba. Ella se preocupaba. Darien: Complicado. ¿Podemos hablar? La respuesta fue inmediata. Ivy: Siempre. Marcó su número y escuchó su voz al otro lado, ese tono cálido que lo desarmaba. —¿Darien? ¿Estás bien? —No lo sé —admitió—. Creo que no. Entonces, caminando sin rumbo por las calles de Manhattan, le contó todo. La presión del consejo, la amenaza de su primo, el ultimátum de su madre. Una esposa en un mes o perder el proyecto de su vida. Ivy escuchó sin interrumpir. Cuando él terminó, hubo un silencio largo. —Es una locura —dijo ella al fin—. No pueden pedirte eso. Es tu vida. —Para ellos, mi vida es la empresa. Siempre lo ha sido. —Pero tú eres más que eso. Eres el que huye de las fiestas. El que toca el piano a escondidas. El que conoce a Chandler y a Highsmith. Ellos no ven eso. —Tú sí. —Yo sí. Otra pausa. Darien se apoyó contra la pared de un edificio, ignorando a los transeúntes que lo esquivaban. —¿Qué voy a hacer, Ivy? No puedo inventarme una prometida. No puedo... Se detuvo. Una idea comenzó a formarse en su mente, absurda, descabellada, imposible, pero cuanto más pensaba, más sentido tenía. —¿Ivy? —Dime. —Tú necesitas dinero. Yo necesito una esposa. El silencio al otro lado fue tan largo que temió que hubiera colgado. —¿Qué estás diciendo? —Escúchame. Es una locura, lo sé. Pero también es simple. Tú necesitas cinco mil dólares para tu semestre. Yo necesito presentar a alguien en esa reunión. Podríamos... podríamos hacer un trato. Un matrimonio de conveniencia. Un año. Tú finges ser mi prometida, luego mi esposa. Yo pago tus estudios, te doy una asignación, vives en mi casa. Al año, divorcio. Cada uno por su lado. Sin sentimientos, sin complicaciones. —Darien... —Lo sé. Es una locura, pero piensa: tú podrías terminar la carrera sin preocuparte por dinero. Yo podría mantener el control de mi proyecto. Nadie sale herido. Solo es un contrato. La voz de Ivy tembló cuando respondió. —¿Un contrato? ¿Te casarías con alguien por contrato? —En este mundo, la gente se casa por menos. Al menos nosotros seríamos honestos el uno con el otro. —No puedo creer que estés diciendo esto. —Yo tampoco. Pero es lo único que se me ocurre, y pensé... pensé que quizá tú, que me entiendes, que me ves, podrías al menos considerarlo. Otro silencio. Largo, pesado. —Necesito tiempo —dijo Ivy—. Necesito pensar. —Tómalo. Pero... Ivy. El plazo de tu universidad es hoy, y el mío es un mes. No tenemos mucho tiempo. —Lo sé. Colgaron. Darien se quedó en la calle, con el teléfono en la mano, sintiendo que acababa de cruzar una línea de la que no podría volver. Pero también sintió, en algún lugar profundo, que era la única opción que tenía. La única opción que tenían. Y mientras el sol se ponía sobre Manhattan, comenzó a esperar.






