Mundo ficciónIniciar sesiónLos días siguientes parecieron sueños.
Despertaba cada mañana con el nombre de Darien en la punta de la lengua, con la memoria de su voz grave y sus ojos plateados grabada en el interior de mis párpados. Revisaba el teléfono antes incluso de levantarme, buscando que la pantalla se iluminara con la notificación que anunciaba un mensaje suyo. Y siempre estaba ahí. El domingo por la mañana, mientras el sol se filtraba débil por la ventana de mi estudio, leí sus palabras y sentí que el pecho se me expandía por completo. Darien: Anoche soñé contigo. Estábamos en el Blue Note, pero no había nadie más. Solo nosotros y el piano. Yo tocaba y tú me mirabas. Al despertar, lo primero que pensé fue en escribirte. No sé si es normal. Supongo que no. Sonreí contra la almohada, con el corazón galopando a un ritmo desbocado. Ivy: Yo también soñé contigo. Íbamos en un vagón de metro completamente vacío. Me contabas algo sumamente importante, pero no logré recordarlo al despertar. Darien: Quizá no hace falta recordar las palabras. Quizá lo importante era el viaje. Nosotros dos. Me quedé mirando fijamente la pantalla, preguntándome si él era consciente de lo mucho que calaban sus mensajes. El viaje. Nosotros dos. Juntos en un vagón que iba a ninguna parte. Ivy: Eres demasiado poético para ser el heredero de un imperio hotelero, Lawrence. Darien: Es la magia del jazz, Ivy-planta. Te mete ideas extrañas en la cabeza. Por cierto, ¿ya escuchaste el vinilo de Coltrane? Desvié la mirada hacia el disco apoyado contra la pared junto a mi cama, aún sin estrenar. No tenía un tocadiscos; no podía permitirme un lujo así, pero el orgullo me impidió decírselo. Ivy: Aún no. Lo estoy reservando para un momento verdaderamente especial. Era una mentira piadosa. O quizá no tanto. Porque, en cierto modo, era la verdad: cada segundo que pensaba en él, cada letra que intercambiábamos, se estaba convirtiendo en el momento más especial de mis días. Esa tarde, mientras intentaba concentrarme en estudiar para un examen que probablemente jamás llegaría a presentar, el teléfono vibró una y otra vez. Ya no eran textos largos, sino pequeñas cápsulas de complicidad, disparos rápidos que yo respondía con la misma urgencia. Darien: ¿Sabes qué canción me recuerda a ti? Ivy: Dime. Darien: My Funny Valentine. Específicamente la versión de Chet Baker. Ivy: ¿Por qué esa? Darien: Porque habla de alguien que no encaja en los moldes, pero es perfecta precisamente por eso. Y porque Baker tenía la voz rota, como la de quien ha vivido demasiado. Tú tienes esa misma mirada, Ivy. Ivy: ¿Una mirada de haber vivido demasiado? Darien: Una mirada de quien sabe la verdad del mundo. De quien ha aprendido a base de golpes duros. Un nudo doloroso se formó en mi garganta. Porque tenía toda la maldita razón. A mis veintitrés años, había aprendido más de la cuenta. La muerte de mi abuela, la ausencia absoluta de mis padres, los trabajos precarios y las noches en vela estudiando con la luz de una vela porque me habían cortado la electricidad. Todo eso estaba tatuado en mis ojos. Y él, un billonario al que apenas conocía, lo había descifrado. Ivy: Tú también tienes esa mirada, Darien. La de quien ha aprendido a sobrevivir a base de pura soledad. Pasaron varios minutos sin respuesta. El pánico me atenazó el pecho, temiendo haber traspasado una línea invisible, pero entonces la pantalla parpadeó. Darien: Tocaste una fibra sensible. Mi madre jamás me ha preguntado si me siento solo; mi primo solo espera el más mínimo error para verme fracasar. Mis amigos son personas de negocios, no seres humanos. Y entonces llegas tú, una desconocida con pecas, y eres capaz de ver lo que el resto del mundo ignora. Ivy: Quizá es porque yo también sé lo que es la soledad. Darien: Ya no estás sola, Ivy. Eran solo cuatro palabras y, sin embargo, las leí como si Darien me estuviera envolviendo en un abrazo protector. Apoyé el móvil contra mi pecho y cerré los ojos. Por un instante, el peso del lunes, la deuda y la expulsión inminente se diluyeron en la nada. Solo existíamos él y yo. Al caer la noche, cobijada por la oscuridad de mi estudio, me atreví a formular la pregunta que llevaba días rondándome la cabeza. Ivy: ¿Por qué yo, Darien? Conoces a cientos de personas. Mujeres hermosas, ricas, importantes. ¿Por qué sigues hablando con una estudiante de Brooklyn? La respuesta tardó tres minutos eternos que me parecieron siglos. Darien: Porque a ti no te importa quién soy. Porque cuando me miras, no ves el apellido Lawrence ni los miles de millones de la empresa. Ves a Darien. El tipo que huye de la alta sociedad, el que toca el piano a escondidas y prefiere el jazz barato de un sótano. Contigo puedo dejar caer la máscara y ser yo mismo. Ivy: Contigo yo también puedo ser yo misma, Darien. La chica que no tiene un duro, la que no tiene que fingir estatus. La que solo busca que la vean de verdad. Darien: Yo te veo, Ivy. Te veo perfectamente. Esas palabras, simples y colosales, me acunaron mientras apagaba la luz. Las repetí en mi mente como un mantra protector hasta que el sueño me venció. Yo te veo, Ivy. El lunes amaneció gris. Un cielo encapotado de nubes bajas amenazaba con una tormenta inminente; el tipo de día que te incitaba a desaparecer bajo las sábanas. Pero yo no tenía derecho a ese lujo. A las nueve de la mañana, vestida con mi única camisa blanca planchada y unos pantalones negros que disimulaban el desgaste, entré en la oficina de administración de la universidad. La secretaria, una mujer mayor con gafas de carey y una mueca de hastío perpetuo, me miró por encima de los cristales. —¿Señorita Campbell? —Sí... —Tragué saliva, sintiendo la boca pastosa—. Vengo a suplicar una prórroga. Solo necesito unos días más. Estoy en mitad de un proceso de contratación, necesito tiempo para regularizar el monto... —Lo lamento —me interrumpió, con una frialdad burocrática que me heló la sangre—. El plazo vence hoy de forma improrrogable. Si el pago de los cinco mil dólares no está registrado antes de las cinco de la tarde, el sistema procederá a la baja automática de su matrícula. Son las normas de la institución. —Lo sé, pero si pudiera hablar con el decano... —El decano no concede audiencias por motivos financieros, señorita. Existen becas y préstamos estatales. Usted no los solicitó a tiempo. Me mordí el labio para no gritarle que llevaba dos años solicitándolos y que siempre me los denegaban porque mi situación caía en el limbo perfecto: demasiado pobre para costearme la carrera, pero no lo suficiente según sus malditos algoritmos de ayuda. El purgatorio de los que trabajamos para no morir de hambre. Salí de la oficina con las piernas temblorosas. Me desplomé en un banco del patio del campus, bajo ese cielo plomizo que parecía a punto de romper a llorar, y escondí el rostro entre las manos. Cinco mil dólares. Antes de las cinco de la tarde. Era un milagro matemáticamente imposible. Mi teléfono vibró. Darien. Darien: Buenos días, bicho raro. ¿Cómo va tu lunes? Miré la pantalla con los ojos empañados. Tuve la tentación de teclear la verdad, de gritarle mi desesperación. Pero ¿para qué? Él no tenía por qué cargar con mis desgracias. Nadie podía salvarme de esto. Ivy: Todo bien. Encerrada en la biblioteca, estudiando. Otra mentira. Otra pequeña muerte para mi alma. Pasé las horas deambulando por el campus como un fantasma, entrando en los edificios para huir del frío y saliendo cuando las lágrimas amenazaban con desbordarse. A las dos de la tarde, con el estómago vacío y los nervios destrozados, me llegó el correo definitivo de la administración: Le recordamos que el plazo expira en tres horas. Pasado ese tiempo, su matrícula será cancelada de forma irreversible... A las cuatro y media, sentada en las escaleras de piedra de la biblioteca principal, acepté la derrota. No había milagros para chicas como yo. En exactamente treinta minutos, mi futuro académico y mis años de esfuerzo se irían a la basura. Entonces, impulsada por un deseo ciego que no supe controlar, marqué su número. Darien respondió al primer tono, como si hubiera estado esperando mi llamada con el teléfono en la mano. —¿Ivy? —Su voz grave y resonante me llegó como un bálsamo en mitad del infierno. —Hola... —susurré, y la voz se me quebró por completo—. Solo... solo necesitaba escucharte. Se produjo un silencio denso al otro lado de la línea. Luego, escuché un portazo sutil y el murmullo de voces alejándose, como si él hubiera abandonado abruptamente una reunión importante buscando privacidad. —¿Qué te pasa, Ivy? ¿Dónde estás? Suenas destrozada. —Nada. Todo... No lo sé, Darien. —Dime exactamente dónde estás. Voy a buscarte ahora mismo. —No, no es necesario que vengas, yo solo... —¡Ivy! —Su tono de voz adoptó una autoridad implacable que me hizo estremecer—. Dime dónde estás. Rota, exhausta y asfixiada por la soledad, se lo confesé. Colgué el teléfono y me abracé las rodillas en la escalinata de mármol. El viento soplaba con fuerza, arrastrando las primeras gotas de una lluvia fina. Apenas quince minutos después, un imponente coche negro de cristales tintados frenó bruscamente junto a la acera del campus. La puerta se abrió y Darien bajó a toda prisa. Llevaba el cabello revuelto por el viento y sus ojos azules recorrieron el lugar con desesperación hasta que se clavaron en mí. Subió las escaleras a grandes zancadas. No hizo preguntas, no me abrumó con palabras. Simplemente se sentó a mi lado en el frío mármol, acortando toda la distancia, y me ofreció su presencia silenciosa. Compartiendo conmigo el frío, el viento y el peso de mi mundo desmoronándose. —Me van a expulsar —sostuve en un hilo de voz, mirando el reloj de mi móvil—. Quedan quince minutos para las cinco. Darien no se alteró. No ofreció soluciones corporativas ni me soltó un "lo siento" inútil. En su lugar, extendió su mano grande y cálida, cubriendo la mía con firmeza sobre los escalones. —Estoy aquí, Ivy —dijo, mirándome con una intensidad plateada que me detuvo el corazón—. Y no voy a dejarte sola en esto. En ese preciso instante, mientras las primeras gotas de la tormenta estallaban contra el suelo y su calor filtraba mi piel, supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.






