El aire frío y salado del puerto quemaba sus pulmones. Los pasos de Luna y Mateo resonaban contra el asfalto mojado, un tambor de pánico que marcaba su huida. Detrás, los pasos más pesados y rápidos de sus perseguidores se cerraban. Los disparos habían cesado —probablemente para no atraer más atención— pero la amenaza de la violencia era un latido sordo en la noche.
—¡Por aquí! —jadeó Mateo, agarrando del brazo a Luna y desviándose hacia un pasaje aún más estrecho, apilado con palés rotos y cha