El tiempo se arrastraba en la oscuridad del barco abandonado. Cada crujido de la estructura, cada grito lejano de una gaviota, era el anuncio de una muerte inminente. Luna y Mateo, acurrucados en el suelo frío, escuchaban los pasos de los hombres en el muelle, hablando en susurros cortados.
—Solo hay una forma de entrar —murmuró uno, su voz audible a través de las maderas podridas—. La pasarela o el hueco del casco.
—Dividámonos —respondió otro—. Tú por arriba, yo por abajo. Aprieta el gatillo