La oficina de Javier, en el piso más alto de la torre, era una jaula de oro con vistas que abarcaban toda la Ciudad de Oro. Allí, sentado en un incómodo sillón de cuero, Miguel Ríos se sentía como un espécimen bajo un microscopio. El contraste entre el olor a limpio y caro de la habitación y el aroma a tierra y aceite que él llevaba consigo era abismal.
—No te preocupes por las formalidades, Miguel —dijo Javier, sirviéndole un vaso de agua mineral en un cristal pesado—. Sé que esto debe ser abr