La luz blanca y estéril del hospital de la Ciudad de Oro era un contraste brutal con el claro verde y húmedo del Valle. En una habitación privada, Luna yacía en la cama, el brazo izquierdo vendado y elevado, conectada a un suero que goteaba lentamente. La anestesia local había apagado el dolor agudo, dejando una sensación de pesadez y aturdimiento. Pero sus ojos, aunque cansados, estaban despiertos y claros.
Mateo estaba sentado en una silla de plástico junto a la cama, habiendo rechazado mover