El regreso hacia la capital fue una auténtica pesadilla de barro acumulado por las lluvias y una adrenalina que quemaba las venas. En ese trayecto, Alistair no se comportaba como un hombre común; era una fuerza de la naturaleza desatada contra el tiempo. Lideraba a una pequeña élite de jinetes del Norte, exigiendo a los caballos más de lo que la lógica y la resistencia animal permitían. Sus hombres, curtidos en mil batallas, lo miraban con un asombro teñido de temor; nunca habían visto al "Lobo