A la mañana siguiente, la tensión en la mansión era tan espesa que parecía que se podía cortar con un cuchillo.
Lia apenas había dormido. Los mensajes anónimos seguían rondando en su cabeza como un mal sueño que no terminaba. Se levantó temprano, se vistió con un sencillo pantalón negro y una blusa blanca, y bajó a la cocina. Rosa ya tenía el desayuno preparado, pero Alejandro no estaba.
—El señor salió muy temprano —le informó Rosa con voz suave—. Dijo que tenía una reunión importante con la j