El mensaje con la foto del documento antiguo flotó en el aire como humo tóxico durante toda la noche.
Lia no durmió. Se quedó sentada en la mecedora junto a la cuna de Mateo, mirándolo respirar mientras las olas rompían suavemente afuera. Cada vez que cerraba los ojos veía esa nota escrita a mano: “Ella sabe lo que hice para que el bebé fuera ‘perfecto’”. Las palabras se repetían en su cabeza como un eco cruel.
Alejandro tampoco durmió. Se quedó a su lado, con una mano sobre la de ella y la otr