El avión privado aterrizó en Punta Cana bajo un cielo completamente azul. Cuando las puertas se abrieron, el aire cálido y salado del Caribe los recibió como un abrazo. Mateo, despierto y curioso en brazos de Lia, señaló el cielo con su dedito y soltó un “¡Ah!” de pura felicidad al ver las palmeras moverse con el viento.
Lia bajó los escalones con su hijo pegado al pecho. Por primera vez en muchos meses, sus hombros no estaban tensos. Sus ojos brillaban con algo que se parecía mucho a la paz.
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