La casa segura en las montañas suizas se sentía cada vez más como una prisión elegante.
Habían pasado casi dos meses desde el traslado y la tensión no disminuía. Mateo, con seis meses y medio, gateaba con más fuerza, quería explorar cada rincón, pero Lia apenas lo dejaba alejarse de su vista. Cada vez que el bebé se movía hacia una ventana o una puerta, ella lo tomaba en brazos con el corazón acelerado.
Esa mañana, mientras intentaba jugar con él en la sala de juegos segura, Mateo gateó hacia l