El hotel de las afueras de Nueva York era discreto, casi oculto entre árboles. Alejandro y Lia llegaron acompañados de Daniel Torres y dos abogados. La tensión en el auto era palpable. Lia tenía una mano protectora sobre su vientre, aunque aún no se notaba nada. Alejandro conducía con la mandíbula apretada.
—No tienes que entrar si no quieres —dijo él por tercera vez—. Puedo enfrentarla solo.
Lia negó con la cabeza, decidida.
—Vamos juntos. Este bebé también es mío. Y nadie va a amenazarnos más