La nieve caía con fuerza sobre las montañas suizas, pero dentro de la casa segura el frío más grande no venía del exterior.
Lia apenas dormía más de dos horas seguidas. Cada vez que cerraba los ojos, las pesadillas regresaban: manos desconocidas entrando por la ventana, Mateo desapareciendo en la nieve, Camila riendo mientras se lo llevaba. Se despertaba sudando frío y corría a comprobar que su hijo seguía respirando a su lado.
Esa mañana, mientras intentaba darle el desayuno, Mateo gateó hacia