Los nervios de Mónica estaban a flor de piel. Oliver se había puesto la capucha de nuevo, junto a una máscara para no ser reconocido por el tipo que estaba de turno en la recepción del edificio.
Apuntó la espalda de Mónica con el arma.
—Muévete —le ordenó.
Ella tuvo que hacerle caso, no quería morir y dejar a Victoria a su suerte con ese imbécil.
Caminó hasta llegar al ascensor y no tardaron en llegar a la primera planta. El hombre que estaba de turno, era un señor mayor, amigo del dueño de