Unas semanas después, David estaba a punto de quebrar, nadie quería aliarse con él o invertir en su compañía. Tuvo que acudir casi corriendo a la empresa de Rafael.
Apretó los dientes cuando llegó a la recepción.
—¿Vienes por lo mismo de siempre? —preguntó Lisandra, al verlo.
—Oye, ¿tu jefe no te enseñó a tratar bien a los clientes? —masculló, la señaló con el dedo—. Tengo que reunirme con él de urgencia.
Apoyó ambas manos sobre el mesón. La recepcionista tuvo que rodar los ojos y tecleó va