Desperté con la cabeza queriendo estallar; la jaqueca me hacía retumbar los oídos y la luz que se filtraba por la ventana era casi una tortura.
Llevé con rapidez la manta hasta mi cabeza y me cubrí. Solo quería seguir durmiendo, pero la voz del hombre a mi lado, al parecer, esperaba mi despertar, y no precisamente para decirme palabras dulces.
—¿Crees que es correcto llegar tarde y ebria a tu casa? —Suspiré para mis adentros ante la pregunta, que sonaba a reclamo—. ¿Con quién estuviste?
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